Cultura democrática, por la Argentina de hoy y la que viene.

La Argentina de hoy necesita urgentemente de cultura democrática, acercar posiciones, hacer funcionar el Congreso, asumiendo posturas responsables y maduras, que nos obligan a corrernos del “tiroteo” al que nos vienen sometiendo. El diálogo y el consenso, lejos de ser meramente superficiales eslóganes pacifistas, son los pilares fundamentales del sistema democrático. Su puesta en práctica requerirá de buena predisposición y de estar a la altura del nuevo cambio histórico.

Porque la Argentina que se viene también necesitará como el agua de estos pilares. Un probable escenario electoral del 2011 arrojará un Parlamento sin mayorías absolutas que obligará al próximo gobierno a impulsar grandes acuerdos programáticos para poder gobernar. La dialéctica amigo-enemigo y la filosofía política de la construcción del enemigo, que hoy fomenta antagonismos y genera grietas en el sistema político, quedará pasada de moda, aunque dejando una marca para siempre. Que a veintiseis años de la vuelta a la democracia tengamos que empezar de nuevo con estas premisas dejan un gusto amargo y olbigan también a hacer un replateo de cómo la política transcurre en escenarios de pobreza y exclusión, y a cómo su relato lejos de generar pertenencia, divide, crispa y enfrenta.  Y así la ciudadanía, cada día con más problemas, y nosotros cada vez mas lejos.

Los países que progresan ven en el diálogo y el consenso una virtud. No en el sentido de negar el conflicto, como espacio de disputa de intereses, sino de saberse desarrollados por mantener esa disputa constante en un marco de contensión y de reglas del juego claras de democracia y de  justicia. Cuesta pensar a la Argentina como nación tan distinta que podría permitir una interpretación diferente a cómo funciona el mundo o a cómo lo hicimos cuando nos fue mejor que ahora. La conversación en la política no debiera ocurrir solamente cuando llega el agua al cuello, en épocas de crisis, sino antes. O mejor dicho, estas crisis se generan muchas veces y se prolongan, cuando la conversación no ocurre. Por eso, cuando  Rodolfo Terragno habla de acuerdos no lo hace a partir de la leche derramada sino como necesidad de construir un modelo sustentable. Problemas como la pobreza y la exclusión no podrán resolverse de otra manera, no sólo por la cantidad de actores sociales que influyen en su trama, sino porque para ser prioridad requerirá de puntos de encuentro entre todas las fuerzas políticas. Lo que Ricardo Alfonsín llama Acuerdo Republicano.

Esta semana volvió a ser muy difícil en la Cámara de Diputados. Sabíamos del desafío de hacerla funcionar, por los urgentes temas de la coyuntura y por otros que se presentaban en el debate público y que  demandaban ser tratados. Debíamos, entre otras cosas, debatir acerca de la Ley de Matrimonio, proyecto que acompaño hace mucho tiempo y que estimo fundamental para seguir garantizando la igualdad de derechos en todas las esferas. Sabíamos de la dificultad de su tratamiento, por la divergencia que podía existir al interior de cada uno de los bloques, por motivos ideológicos, religiosos y personales. El trabajo transversal, con diputados de diferentes bloques, debía ser muy preciso para garantizar que llegue a ser tratado en el recinto. Independientemente de las diferentes posiciones, los radicales debemos sentirnos orgullosos de cómo planteamos nuestras posiciones en el bloque, nos informamos, debatimos y marcamos posiciones, a pesar de la libertad de conciencia declarada por nuestro presidente. Y lo más importante, garantizamos el quorum.  Los que militamos este proyecto desde el principio, los que estamos a favor, nos preocupamos por convencer a nuestros compañeros de bloque con argumentos, hicimos los deberes. El resto es historia conocida: el proyecto no se trató porque el bloque oficialista se negó a dar quorum para no tratar otro proyecto y el quorum de todos los bloques opositores no pudo garantizarse dadas las divergencias. Todo esto, aunque estuviera pautada de antemano la orden del día. Así de repentino y sorpresivo. Sin querer narrar al pie de la letra los pormenores de esta desgracia, pero si para ordenar la catarata mediática y de reproches originada después, comento mi decepción por no haber podido debatir este proyecto.

Es que el desafío era enorme: podíamos demostrar que el Congreso estaba funcionando (cuando no se sesiona, el intenso trabajo en comisiones pasa desapercibido), podíamos llevar al recinto un acuerdo transversal entre diputados de diferentes bloques, tratando el tema con altura y seriedad, rompiendo un poco el cerco del juego político de los últimos tiempos. Cuando esto queda en punto muerto no tiene sentido entrar en el análisis de la responsabilidad de nombres propios. Para garantizar acuerdos, y el acuerdo era tratar estos temas, la libertad de conciencia no se aplica, se responde con responsabilidad y la palabra. Sería injusto, por ejemplo, recaer la responsabilidad en Vilma Ibarra, a quien conozco y con quien trabaje codo a codo para que este proyecto sea aprobado. Pero sí en su bloque, que siguiendo al pie de la letra el formato tradicional de cómo funciona este Congreso, tomó la decisión de no dar quorum, para facilitarle las cosas al partido de gobierno en el tratamiento del otro proyecto. Es ahí donde deben responder los partidos. No se puede ser un poco democrático, se es o no se es. Es así como los esfuerzos por buscar consensos en temas transversales como éste se pulverizan y cómo la búsqueda de superar los escenarios de antagonismos quedan en la nada.  Temas como este, cuando son tratados, no solo requieren de la cantidad de votos, garantía de quorum y orden del día. Necesitan de una atmósfera que garanticen seriedad, altura y compromiso. Es lo que vamos a reconstituir a pesar de este problema, porque lo que necesita la Argentina es fortalecer su cultura democrática. Lo vamos a hacer con todos los bloques y no va a volver a pasar lo que pasó.

De estas situaciones difíciles se sale con más democracia, a pesar del clima hostil que se genera ya instintivamente desde el gobierno a partir de esa intencionalidad de dividir el país en dos, los que estamos a favor y los que estamos en contra. Es lo que sabe hacer la Unión Civica Radical, fomentar la cultura democrática, así nacimos y no sabemos hacerlo de otro modo. Es lo que también va a requerir la Argentina del futuro. El ciudadano de a pie comienza a percibir que cuando se desdibuja el talante democrático, nos va a encontrar a los radicales garantizando la lucha. Así lo venimos demostrando con nuestra conducta, con un Partido ya normalizado, sin intervenciones traumáticas y en la calle militando. Siempre asumiendo que la construcción no la haremos solos. Será la política de la conversación.

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